Opinion: Working in the shadows, North carolina’s farmworkers deserve to be seen

BEACON MEDIA GUEST FEATURE

August 25, 2026

The farmworkers who legally come to make North Carolina’s farms function are overworked, underpaid and endure brutal conditions. Will lawmakers recognize them?


Farm workers and interns from Student Action with Farmworkers (SAF) play volleyball after an outreach visit to a worker camp in eastern North Carolina. Photo by Joaquin Villagran-Hernandez.

By Joaquin Villagran-Hernandez

Beacon Media 

The volleyball net was tied to two wooden posts with baling twine and the ball was half-flat — but none of that mattered to me. 

For an hour, the crew of farmworkers I’d come to visit with Student Action with Farmworkers forgot about the heat and the 12-hour days topping tobacco plants ahead of them. One man played in work boots and a pair of shorts printed with the American flag. He spiked, he laughed, he argued a call at the line. 

Together, we found joy, not hardship, in a place built to ensure no one ever sees either.

Most of us will never see one of North Carolina’s more than 1,000 farmworker camps, let alone meet the people who live in them. A study of labor camps in eastern North Carolina found that more than a third were hidden, deliberately set back from the road, tucked behind tree lines, or built where no paved road reaches them. 

Health workers, legal aid attorneys, and outreach teams like the one I worked on as part of an internship this past summer, often search for camps the way you’d search for something someone doesn’t want found. For the men and women who live there, this means no visitors, no neighbors, no one who would notice if something went wrong. 

These are workers who enter the United States legally to work on farms as part of the H-2A temporary agricultural worker program. Each year, thousands of H-2A workers travel to North Carolina to harvest tobacco, sweet potatoes, cucumbers, and other crops. They are key to sustaining the state’s multibillion-dollar agriculture industry. They return for seasonal work year after year, leaving behind spouses, children, parents, and communities, living for months in isolated labor camps.

In 2024, José Arturo González Mendoza, 30, died in the heat at Barnes Farming in Nash County. While an autopsy later cast doubt on whether the heat was totally to blame for Mendoza’s death, it exposed the conditions the farmworkers endured, including not being given cups to easily drink water, according to the News & Observer.   

As one worker said to me after our volleyball game, “Aunque estoy en el país más libre, no soy libre.” Even though I am in the freest country, I am not free.

He said it quietly, as if he were stating a simple fact. I found his words difficult to reconcile. How can someone in the country, so often described as the land of the free, still feel that freedom remains out of reach? 

Isolation is not the only difficulty these workers face. Wages that were already thin have gotten thinner: a recent federal wage rule cuts what NC farmworkers are guaranteed to earn, and workers feel it. “El sueño americano está muerto,” one man said to me. The American Dream is dead.

Another put it this way: “Uno no gana aquí, ni en México.” You don’t win here, nor in Mexico.

Yet they continue to come. 

Not because America is perfect. Not because the work is easy. But because they still believe there is dignity in building a better life.

The more of these workers I met, the more I wished state and federal lawmakers could hear their stories. Temporary farmworkers aren’t voters, but they are still constituents. Farmworkers live in lawmakers’ districts. They work in their districts. They spend their wages in their districts’ grocery stores. They pick the crops that carry entire county economies and feed the state and the country. 

But because they can’t vote, they’re treated as if they don’t count. 

Farmworkers deserve a seat at that table, even a small one: a listening session, a staffer who visits a camp instead of reading a memo about one, a policy process that asks workers what they need before deciding what they get. 

In the labor camps of eastern North Carolina, what you see is not just hardship; it’s how much some of these men and women still want from this country, and how little of it we let them have. Workers who’ve spent 30 years bent over in North Carolina fields still ask, quietly, if there’s somewhere they can learn English. Not because anyone requires it, but because they want it for themselves. 

They’ve given years of their lives to American agriculture, and in return we’ve given them an even lower federal wage, a housing law that says outhouses are acceptable, and a state that mostly doesn’t know they’re here. 

Now I understand what that worker meant when he said he wasn’t free. They work here. They live here. They contribute here. Yet they remain unseen. 

North Carolina’s farmworkers need lawmakers willing to see them as neighbors already living, working, and hoping for something better.

Joaquin Villagran-Hernandez, a Student Action with Farmworkers intern with the North Carolina Justice Center, is a first-generation Mexican American raised in Greene County, N.C. This column is syndicated by Beacon Media and is available to republish for free on all platforms under Beacon Media’s guidelines.

Opinión: Trabajando en las sombras, los trabajadores agrícolas de Carolina del Norte merecen ser vistos.

Los trabajadores agrícolas que vienen legalmente a Carolina del Norte para hacer funcionar las granjas del estado trabajan en exceso, reciben salarios insuficientes y soportan condiciones brutales. ¿Reconocerán los legisladores su situación?

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Trabajadores agrícolas y pasantes de Student Action with Farmworkers (SAF) juegan al voleibol tras una visita de acercamiento a un campamento de trabajadores en el este de Carolina del Norte. Foto de Joaquin Villagran-Hernandez.

Por Joaquín Villagrán-Hernández
Beacon Media

La red de voleibol estaba atada a dos postes de madera con cuerda de amarre y la pelota estaba medio desinflada, pero nada de eso me importaba.

Durante una hora, el grupo de trabajadores agrícolas que había ido a visitar junto con Student Action with Farmworkers olvidó el calor y las jornadas de 12 horas que tenían por delante, dedicadas a cortar la flor de tabaco. Un hombre jugaba con botas de trabajo y un par de pantalones cortos estampados con la bandera estadounidense. Remataba, se reía y discutía una jugada cerca de la línea.

Juntos encontramos alegría, no dificultades, en un lugar construido para asegurarse de que nadie vea ninguna de las dos.

La mayoría de nosotros nunca veremos uno de los más de 1.000 campamentos de trabajadores agrícolas de Carolina del Norte, mucho menos conoceremos a las personas que viven en ellos. Un estudio sobre los campamentos laborales en el este de Carolina del Norte encontró que más de un tercio estaban ocultos: ubicados deliberadamente lejos de la carretera, escondidos detrás de hileras de árboles o construidos en lugares a los que no llega ninguna carretera pavimentada.

Los trabajadores de la salud, los abogados que brindan asistencia legal y los equipos de alcance comunitario, como aquel en el que trabajé durante una pasantía el verano pasado, suelen buscar estos campamentos como quien intenta encontrar algo que alguien quiere mantener oculto. Para los hombres y mujeres que viven allí, esto significa no tener visitantes, no tener vecinos y no tener a nadie que se dé cuenta cuando algo sale mal.

Se trata de trabajadores que ingresan legalmente a Estados Unidos para trabajar en el campo como parte del programa H-2A para trabajadores agrícolas temporales. Cada año, miles de trabajadores H-2A llegan a Carolina del Norte para cosechar tabaco, camotes, pepinos y otros cultivos. Su trabajo es fundamental para sostener la industria agrícola del estado, que mueve miles de millones de dólares. Año tras año, regresan para realizar trabajos de temporada, dejando atrás a sus cónyuges, hijos, padres y comunidades, mientras pasan meses viviendo en campamentos agrícolas aislados.

En 2024, José Arturo González Mendoza, de 30 años, murió mientras trabajaba bajo el calor extremo en Barnes Farming, en el condado de Nash. Aunque una autopsia posterior puso en duda que el calor fuera la única causa de su muerte, el caso dejó al descubierto las condiciones que enfrentaban los trabajadores agrícolas. Según The News & Observer, entre ellas estaba el hecho de que no se les proporcionaban vasos para poder beber agua con facilidad. 

Como me dijo un trabajador después de nuestro partido de voleibol: “Aunque estoy en el país más libre, no soy libre.”

Lo dijo en voz baja, como si estuviera diciendo cualquier cosa. Me resultó difícil relacionar sus palabras con la realidad. ¿Cómo puede alguien que vive en un país que tan a menudo es descrito como la tierra de los libres sentir todavía que la libertad está fuera de su alcance? 

El aislamiento no es la única dificultad que enfrentan estos trabajadores. Los salarios, que ya eran bajos, se han reducido aún más: una reciente norma federal sobre salarios reduce el ingreso que los trabajadores agrícolas de Carolina del Norte tienen garantizado, y ellos lo están sintiendo. “El sueño americano está muerto”, me dijo uno de ellos.

Otro lo expresó así: “Uno no gana aquí, ni en México”.

Sin embargo, siguen viniendo.

No porque Estados Unidos sea perfecto. No porque la tarea sea fácil. Sino porque todavía creen que hay dignidad en construir una vida mejor.

Cuantos más de estos trabajadores conocía, más deseaba que los legisladores estatales y federales pudieran escuchar sus historias. Los trabajadores agrícolas temporales no son votantes, pero siguen siendo parte de las comunidades que representan esos funcionarios. Estos trabajadores viven en los distritos de los legisladores y trabajan en ellos; gastan sus salarios en las tiendas de comestibles de esas mismas zonas y recolectan los cultivos que sostienen las economías enteras de muchos condados y alimentan al estado y al país. 

Pero como no pueden votar, se les trata como si no contaran.

Los trabajadores agrícolas merecen tener un lugar en esa mesa, aunque sea pequeño: una sesión de escucha, un funcionario que visite un campamento en lugar de limitarse a leer un informe sobre él, un proceso de formulación de políticas que pregunte a los trabajadores qué necesitan antes de decidir qué recibirán. 

En los campamentos agrícolas del este de Carolina del Norte, lo que se ve no es solo adversidad; también se ve cuánto esperan todavía de este país algunos de estos hombres y mujeres, y qué poco les permitimos obtener. Trabajadores que han pasado 30 años inclinados sobre los campos de Carolina del Norte todavía preguntan, en voz baja, si existe algún lugar donde puedan aprender inglés. No porque nadie se los exija, sino porque ellos mismos quieren hacerlo.

Han entregado años de sus vidas a la agricultura estadounidense y, a cambio, les hemos dado un salario federal aún más bajo, una legislación de vivienda que considera aceptable el uso de letrinas y un estado que, en su mayoría, ni siquiera sabe que están aquí.

Ahora entiendo lo que aquel trabajador quiso decir cuando dijo que no era libre. Trabajan aquí. Viven aquí. Contribuyen aquí. Y, sin embargo, siguen siendo invisibles.

Los trabajadores agrícolas de Carolina del Norte necesitan legisladores dispuestos a verlos como vecinos que ya viven, trabajan y esperan construir una vida mejor.

Joaquín Villagrán-Hernández, pasante de Student Action with Farmworkers en el North Carolina Justice Center, es mexicano-estadounidense de primera generación y creció en el condado de Greene, Carolina del Norte. Esta columna es distribuida por Beacon Media y está disponible para su republicación gratuita en todas las plataformas, siempre que se respeten las normas de Beacon Media.

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