Melissa Castillo: In North Carolina fields, a ministry of tamales

BEACON MEDIA GUEST FEATURE

December 29, 2025

An underground economy helps immigrants survive, sometimes with a little humanity. Can we learn from that to reform our immigration system so it recognizes reality?

By Melissa Castillo

Beacon Media

It’s Wednesday afternoon in Sampson County, and I watch as Juana’s adult son steers her aging passenger van down a long gravel road, stopping between a cluster of migrant barracks. Workers in sweat-stained shirts wait under the only patch of shade, here for one reason: to work long days doing backbreaking labor, harvesting crops. What they earn will support themselves here and their families in Durango, Mexico. They’re gathered like this waiting for something that reminds them why they endure one of the most dangerous jobs in the nation.

I’m visiting the camp as part of my work with NC FIELD, a nonprofit based in eastern North Carolina that supports the people who keep the state’s multibillion-dollar agricultural economy running. I’m there to connect workers with health care, food assistance, and other resources. But today, I’m not the reason they’ve gathered. They’re waiting for Juana. (I’m only using her first name to protect her identity.)

One of her sons opens the back hatch of the van, revealing several battered coolers. As the lids lift, the smell of warm tamales cuts through the heat. Wrapped in foil and corn husks and filled with spiced meats or cheese and peppers, each tamal costs $2, and all 100 will sell out. This food is a reminder of mothers, wives, faith and home, offering comfort and recognition in a place where little exists.

Juana is also from Durango. She came to North Carolina years ago with three children and a prayer. She crossed the border in fear for her life. A dispute over her dead husband’s ranch land dispute escalated into an attempted kidnapping. Juana came to the U.S. and asked for asylum, then lost contact with the U.S. immigration system that required court hearings, paperwork, and legal representation she couldn’t afford. Attorneys cost money. Juana had none. She had mouths to feed.

What followed were years moving with the migrant stream between Florida and Michigan—years marked by instability and experiences she’d rather forget. After years of constant movement and uncertainty, she became determined to create a different future for her children. Eventually, she found work in local fruit and vegetable harvests, then in the sweet potato packing facilities scattered across eastern North Carolina. The work was brutal: long hours, exposure to chemicals and bleach-like sprays that burned her eyes and lungs, pay that barely covered expenses. But it offered something she hadn’t had in years: stability.

Even that wasn’t enough. Rent, gas, food, and three growing children demanded more than packing plant wages could provide. That’s when the ministry began. A local Hispanic Baptist church they attended offered to supply tortilla flour, pork, foil, and spices so Juana could make tamales to sell at nearby labor camps. What started as an occasional side job grew into a seasonal operation, three evenings a week. The church provides ingredients as an act of gratitude for the workers. Juana charges two dollars per tamal. It’s donated labor and just enough earned to keep the lights on, pay for gas, and build a life.

Every Wednesday, this camp waits for Juana. Without her, these men wouldn’t have access to food like this at all. Their housing is remote. They lack time, transportation and ability. In a landscape where grocery stores are miles away, Juana’s tamales function as something larger than charity. They are informal infrastructure, keeping bodies nourished with familiar food, minds steadied through care and memory, and workers able to endure conditions that existing systems were never designed to support.

Policy briefs don’t capture this. They don’t list “ministry of tamales” under workforce retention or “faith-based tortilla economies” under food systems planning. What gets measured are outputs and compliance, not the quiet systems that actually keep people fed, working and human. Existing systems function exactly as designed, and they are not designed for communities like this, no matter how essential they are.

Juana’s story is about dignity, reciprocity and culture. It’s about what people build when they are excluded from formal systems, and how those systems often outperform the ones designed without them. Juana represents a theology of action, a theology of enough, where everyone involved benefits.

We hear words like resilience and reinvention tossed around in policy spaces. For Juana, they aren’t buzzwords. They’re muscle memory, practiced one tamal at a time. If we are serious about food systems, rural economies, and immigration reform, we must recognize people like Juana as architects of systems that work and resource those systems instead of criminalizing them. The question isn’t whether the Juanas of the world will find a way. It’s whether we will support what they’ve already built.

Melissa Castillo works on healthcare access for the nonprofit NC FIELD. She lives in Eastern North Carolina. This column is syndicated by Beacon Media and is available to republish for free on all platforms under Beacon Media’s guidelines.

Melissa Castillo: Un ministerio de tamales en los campos de Carolina del Norte

Una economía informal ayuda a los inmigrantes a sobrevivir, a veces con un poco de humanidad. ¿Podemos aprender de ello para reformar nuestro sistema migratorio para que reconozca la realidad? 

Por Melissa Castillo

Beacon Media

Es miércoles por la tarde en el condado de Sampson, y observó cómo el hijo adulto de Juana conduce su vieja camioneta por un largo camino de grava y se detiene entre un grupo de barracas de migrantes. Los trabajadores, con camisas manchadas por el sudor, esperan bajo el único lugar con sombra, aquí por una sola razón: trabajar largas jornadas haciendo trabajos agotadores, cosechando cultivos. Lo que ganan les permite mantenerse aquí y a sus familias en Durango, México. Se reúnen así, esperando algo que les recuerde por qué soportan uno de los trabajos más peligrosos en el país.

Estoy visitando el campamento como parte de mi trabajo con NC FIELD, una organización sin fines de lucro basada en el este de Carolina del Norte que apoya a las personas que mantienen en funcionamiento la economía agrícola multimillonaria del estado. Estoy allí para conectar a los trabajadores con atención médica, asistencia alimentaria y otros recursos. Pero hoy, yo no soy la razón por la que se han reunido. Están esperando a Juana. (Solo utilizó su primer nombre para proteger su identidad). 

Uno de sus hijos abre la puerta trasera de la camioneta, revelando varias hieleras golpeadas. Al levantar las tapas, el olor a tamales recién hechos atraviesa el calor. Envueltos en papel aluminio y hojas de maíz y rellenos con carne sazonada o queso y chiles, cada tamal cuesta 2 dólares, y todos los 100 se venderán. Esta comida es un recordatorio de las madres, las esposas, la fe y el hogar, y ofrece consuelo y reconocimiento en un lugar donde hay muy poco.

Juana también es de Durango. Llegó a Carolina del Norte hace años con tres hijos y una plegaria. Cruzó la frontera temiendo por su vida. Una disputa por las tierras del rancho de su difunto esposo se convirtió en un intento de secuestro. Juana llegó a los EE. UU. y solicitó asilo, pero luego perdió el contacto con el sistema de inmigración estadounidense que requería audiencias judiciales, trámites y representación legal que no podía pagar. Los abogados cuestan dinero. Juana no lo tenía. Tenía bocas que alimentar.

Lo que siguió fueron años de mudanzas con la corriente migratoria entre Florida y Michigan, años marcados por la inestabilidad y experiencias que preferiría olvidar. Tras años de constante movimiento e incertidumbre, se propuso crear un futuro diferente para sus hijos. Eventualmente, encontró trabajo en las cosechas locales de frutas y verduras, y luego en las instalaciones de embalaje de camotes esparcidas por el este de Carolina del Norte. El trabajo era brutal: largas jornadas, exposición a sustancias químicas y espráis blanqueadores que le quemaban los ojos y los pulmones, un salario que apenas cubría los gastos. Pero le ofreció algo que no había tenido en años: estabilidad.

Pero ni siquiera eso era suficiente. La renta, la gasolina, la comida y tres hijos en crecimiento requerían más de lo que los salarios de la planta empacadora podían proporcionar. Fue entonces cuando comenzó el ministerio. Una iglesia bautista hispana local a la que asistían se ofreció a proporcionar harina para tortillas, carne de cerdo, papel de aluminio y especias para que Juana pudiera hacer tamales y venderlos en los campamentos de trabajo cercanos. Lo que comenzó como un trabajillo ocasional se convirtió en una operación estacional, tres tardes a la semana. La iglesia proporciona los ingredientes como muestra de gratitud hacia los trabajadores. Juana cobra dos dólares por tamal. Es mano de obra donada y justo lo suficiente para pagar la luz, la gasolina y construir una vida.

Todos los miércoles, este campamento espera a Juana. Sin ella, estos hombres no tendrían acceso a comida como está en absoluto. Sus viviendas están muy alejadas. Les falta tiempo, transporte y capacidad. En una zona en la que los supermercados están a millas de distancia los tamales de Juana funcionan como algo más que caridad. Son una infraestructura informal que mantiene los cuerpos nutridos con comida familiar, las mentes tranquilas mediante el cuidado y la memoria, y a los trabajadores capaces de soportar condiciones para las que los sistemas existentes nunca fueron diseñados.

Los resúmenes de políticas no reflejan esto. No incluye “ministerio de tamales” en la retención de la fuerza laboral ni “economías de tortilla basadas en la fe” en la planificación de los sistemas alimentarios. Lo que se mide son los resultados y el cumplimiento, no los sistemas silenciosos que realmente mantienen a las personas alimentadas, trabajando y humanas. Los sistemas existentes funcionan exactamente como se diseñaron, y no están diseñados para comunidades como esta, sin importar lo esenciales que sean.

La historia de Juana es sobre dignidad, reciprocidad y cultura. Es sobre lo que construyen las personas cuando se les excluye de los sistemas formales, y cómo esos sistemas a menudo superan a los diseñados sin ellos. Juana representa una teología de la acción, una teología de lo suficiente, en la que todos los involucrados se benefician.

Escuchamos palabras como resiliencia y reinvención constantemente en los espacios políticos. Para Juana, no son palabras de moda. Son memoria muscular, practicada un tamal a la vez. Si nos tomamos en serio los sistemas alimentarios, las economías rurales y la reforma migratoria, debemos reconocer a personas como Juana como arquitectas de sistemas que funcionan y proporcionarles recursos a esos sistemas en lugar de criminalizarlos.

La pregunta no es si las Juanas del mundo encontrarán una manera. La pregunta es si apoyaremos lo que ya han construido.

Melissa Castillo trabaja en el acceso a la atención médica para la organización sin fines de lucro NC FIELD. Vive en el este de Carolina del Norte. Esta columna está sindicada por Beacon Media y puede volver a publicarse gratuitamente en todas las plataformas según las directrices de Beacon Media.

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